Paloma y las alas cortadas

En el camino hacia mi azotea hay una paloma muerta. No es que su cadáver yazca en algún punto concreto de la escalera, más bien toda ella está esparcida a lo largo de los 18 escalones que suben hasta la terraza, ensuciando el rellano junto al resto de polvo acumulado, telarañas y trastos anidados en el último recodo.

La paloma, o sus plumas, lleva ahí desde que regresé a Beirut hace tres días, cuando fui informada de que la gata que vagabundea por el edificio y los alrededores dio a luz, al menos, tres gatillos. Hoy, por primera vez, he visto además a un gato tuerto que corría a esconderse escalera arriba hasta que ha adivinado mi intención de ocupar su refugio al aire libre para tomar el sol (yo, no el gato). Me pregunto si será el padre de la camada y si, ahora que tiene una familia, se habrá instalado también frente al plato de comida que ofrece la vecina del primero junto a su puerta.

Salvo pasar a engrosar la cantidad de mierda sobre las baldosas, la paloma muerta tampoco supone mayor problema. Hasta que empiece a descomponerse el cadáver no creo que aumente el número de hormigas, arácnidos y cucarachas que se cuelan en casa y campan a sus anchas entre el lavabo y el umbral de la puerta de la cocina. Cada noche hacen su aparición estelar, dificultando la caza merced al sueño. Es más, creo que puede que la paloma muerta nos haga un favor y atraiga la atención de toda esa fauna entomológica que se esconde por recovecos hasta los que es imposible llegar para aniquilarla.

El caso es que, pese a que llevo tres días viendo a través de la mirilla esos restos desperdigados, solo hoy he encontrado la verdadera fuente de tanto desastre. Pensé que el grueso cadavérico andaría a estas alturas convertido en bolitas de heces gatunas por algún lugar alrededor del porche, pero no. Lo que pronto se convertirá en un esqueleto apestoso yace justo a la entrada de la azotea, frente a la puerta y sobre una alfombrilla de rafia que impide que el viento se lleve volando las plumas sueltas arrancadas a la piel. Se han quedado pegadas con cuajarones, supongo.

De esta forma, en mis tareas de logística para pasar la hora del almuerzo torrándome al sol y a cervezas, he tenido que pasar varias veces sobre ella, esquivándola las más con la mira en el punto rojo de su cuello descoyuntado, de donde aún cuelga la cabeza con los ojos reconocibles. Dada la estupidez del gato tuerto, que se echó a correr sin rumbo y hacia todos lados al mismo tiempo, de esa forma tan característica que tienen los pocos gatos asustadizos, no he podido dejar de preguntarme, cada vez que mi pie se levantaba para no pisar el cuerpo, qué error debió cometer el ave.

Ella, capaz de volar, tan ufana como podría ser en el aire, atrapada por un estúpido gato lisiado cuyo mayor mérito fue tirarse a una gata que podía ofrecerle cobijo en un edificio de tres pisos; ella, que seguramente se pos´tan solo a fisgonear en una azotea vacía, despreocupada ante la amenaza al acecho, acabó destripada en una alfombrilla por entretenimiento, obstruyendo el paso a quienes aún creemos que tenemos algo que hacer, como si no nos hubiesen destrozado también las alas.

[10_06_2014] 

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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