Exorcismos

“Hola”, escuché a mi espalda.

No recuerdo si estaba dentro o fuera, pero sí que llevaba un top de esos que en la playa parecería un bikini y que dejaba los riñones y la barriga al aire. Había decidido ir enseñando lo que quedaba de aquellas abdominales de ejercicios diarios. Mala idea. En aquella ciudad, en aquél momento, el invierno se adelantaba incluso a la llegada del otoño al sur de Despeñaperros. Llegué allí, o volví, en un ejercicio de exorcismo. Algo me rondaba desde hacía meses y, descartado el tumor cerebral, sabía por las series de la tele que se trataba de un fantasma y que la mejor forma de eliminarlos era ir hasta su lugar de origen y meterles un escopetazo de sal o, más suavemente, hacer que avanzasen hacia la luz. El método no me importaba lo más mínimo, solo quería que desapareciese de una vez por todas.

El caso es que mi poltergeist se aparecía en todos y cada uno de los sitios que pisaba, así que decidí embarcarme en un viaje des-iniciático en busca de cualquier resto que pudiera mantenerlo atado a este mundo pero, sobre todo, a mi. Me importaba un bledo si se perdía entre los viñedos de Logroño, si acababa en Filipinas o yacía contando esqueletos ovejiles en el confín del Mediterráneo. Solo quería que el fantasma me dejase tranquila y se llevase sus huesos y su aura azul celeste a otra parte.

Salí en su busca, pues, no para cazarlo, si no para espantarlo. Hasta entonces no me había incomodado tanto su presencia transparente: no hablaba ni hacía ruidos, no se dejaba ver, ni siquiera movía cosas o desordenaba la casa, como en las películas. No increpaba, solo se dejaba sentir. Estorbaba.

El caso es que cuando escuché aquel saludo un escalofrío me recorrió el espinazo. Llámalo percepción extrasensorial, llámalo resfriado inminente por descoque. Puede que fuese normal, ronca y nasal, pero a mi la voz me sonó de ultratumba. Me giré y allí lo vi: alto como un torreón, con su barriga incipiente y demasiado guapo para estar muerto. “Hola”, contesté. “¿Qué haces aquí?”, preguntó el fantasma. Lo mismo podría haber dicho yo a aquella aparición porque, al fin y al cabo, yo estaba viva y, según las leyes naturales y divinas, tenía más derecho que un espíritu a estar de pie tomando un pintxo, pero me callé porque las palabras no me salían y me daba pereza buscarlas.

– ¡Qué sorpresa! – dijo – No esperaba encontrarte aquí.

– Ya ves, la vida – contesté, imbécil – Este país no es tan grande.

– Oye, ¿qué te parece si mañana quedamos tranquilos para tomar un café y me cuentas?

– No acostumbro a tomar café con cadáveres…

El fantasma rió y su risa me llenó más que cualquier susurro entrecortado una noche de mucho alcohol y muy poca vergüenza. En mi enmimismamiento, acepté la invitación, a la que pensaba llegar de resaca. Luego, igual que me interrumpió por la espalda, desapareció y pude seguir con mi vino y mi promesa de cubata.

Al día siguiente acudí a la cita de negro riguroso y tapada hasta casi la nariz, como manda el protocolo cuando una se prepara para un funeral. Era temprano, demasiado, así que me cogí el coche para dar una vuelta y templar los nervios con la brisa helada de la carretera de la costa: no sabía si volvería a pisar esa tierra una vez que hubiese mandado al fantasma (otra vez) al otro barrio. Se conducía tan a gusto.

Mire el reloj. “Mierda”, pensé y aceleré.

Cuando llegué al encuentro sobrenatural estaba empapada y el cigarro, que no prendía, me sabía como a marisco. Vi aquel cuerpo, me acerqué y, desde entonces, no me he vuelto a separar de él. Me planto en todos y cada uno de los sitios que pisa y, por alguna extraña razón, sigo llevando la misma ropa mojada y el pelo revuelto en sal.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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