Historias del desierto

wadirum

Desierto de Wadi Rum.

Alón descansa de sus ocho pasaportes retumbado entre cojines de una tienda beduina en mitad del desierto jordano de Wadi Rum. El israelí se ha recorrido medio mundo subiendo y bajando montañas: desde Latinoamérica hasta el Himalaya. “Ya he dejado de ir a Los Alpes, está carísimo y lo tengo muy visto”, dice chapurreando un español que aprendió durante dos años entre Madrid y Barcelona, donde residen sus dos hermanos. Con los picos del arenal de Lawrence de Arabia no le pasa lo mismo.

Cada mes cruza la frontera que separa Jordania e Israel por encima del Mar Rojo y bajo la Cisjordania palestina y se pasa a visitar a Mohammad en el Rum Village, el pueblo donde residen unos 2.000 beduinos, los únicos habitantes que tienen permitido campar por el valle protegido, uno de los símbolos nacionales y meca de aventureros en un país donde el turismo representa en torno al 70% del PIB. “Si vengo y no me quedo en su casa”, puntualiza Alón, “podría tener problemas. Somos como hermanos”.

Cuando Mohammad, dueño de Wadi Rum Adventures, una de las agencias de actividades y visitas guiadas que funcionan en el parque, nos comentó que compartiríamos la noche en el desierto con un grupo de 12 turistas israelíes, mi primera reacción fue preguntar “¿Israelíes, y no tienen problemas aquí?”.

Jordania e Israel comparten frontera desde el lago Tiberíades a lo largo del río Jordán, atravesando el Mar Muerto, hasta el Mar Rojo. También comparten (o compartían) las aspiraciones de anexión sobre el territorio al otro lado del río. Ganó Israel. Perdieron todos los demás.

“¿No tienes tú dedos en las manos?”, me espeta Mohammad como respuesta. Una para, reflexiona, y le sale la cínica escéptica que lleva dentro. “Y también los monos”, me digo. Pero un proverbio es un proverbio y las traducciones nunca les han hecho justicia, si no, nos hubíesemos perdido retos memorables a la señal del from lost to the river. La intención ha quedado clara y mi ego, herido. Como buena católica culpo a los meses viviendo en Líbano, con sus restricciones para viajar al estado judío, su espacio aéreo violado diariamente por aviones israelíes, su UNIFIL, su línea azul, sus granjas de Shebaa, los drones de Hezbolá, y el sursuncorda.

Alón vive al norte de Israel. “En la frontera con Líbano”, me cuenta. También estuvo en el país. En el sur. En 1982. Ese sello no lo tiene en ninguno de los pasaportes con las páginas abarrotadas, entró de “ilegal”. Era soldado. “Los libaneses están locos”, coincide; “la guerra…”, le respondo. Quince años, de 1975 a 1990. Israel ocupó todo el sur en el ’82, el mismo año en que los falangistas cristianos perpetraron las matanzas de Sabra y Chatila. En 2000 se retiró el último soldado. “¿Y cómo fue?”, pregunto. “Fue una guerra. Una guerra es una guerra, no tiene nada bonito”, contesta. Ahí lo dejamos.

Jordania, sin fronteras.

Jordania, sin fronteras.

La noche sin estrellas de Wadi Rum prosigue su viaje alrededor del mundo. Alón recuerda su periplo en moto por América, desde Los Ángeles hasta Argentina. De ahí saltó a Alemania con los 4.000 dólares que le dieron por un coche comprado en Ecuador y revendido en Buenos Aires. Breve paso por el Himalaya, santasanctorum de todo escalador que se precie. La conversación se recrea en los Pirineos y el tiempo en España. Obviamos el fútbol por un instante, lo que es de agradecer después de que haya vivido en un país que ha logrado exportar a Oriente Medio a Messi y Cristiano Ronaldo como nacionales.

A estas alturas su español se resiente. Decidió regresar a Israel para criar allí a sus hijos. Uno de ellos acaba de terminar el servicio militar y el otro comienza este mismo año. Entremedias, les enseña a vivir el día a día. “Esta es la única vida que tenemos”, espeta, “y hay que vivirla. Después no hay nada. La religión… ¿qué es? Solo trae problemas”.

La charla decae. El desayuno se sirve a las 6.30 de lo que ya es casi ese mismo día. Alón se queda bromeando con Mohammad, Abu Tawilah (el largo, como le han apodado) y recordando el día de su boda, hace ya seis años. Fuera de la tienda, el grupo de mujeres a las que acompaña como guía de escalada comienza a retirarse tras una sesión conjunta de “terapia”. “Es una iniciativa de terapia a través de la aventura”, explica, “es su rollo espiritual, yo solo vengo como guía, así que me quedo aquí mientras ellas hacen sus cosas”.

Yo me vuelvo al catre pensando si Wadi Rum no será el centro del mundo, una especie de agujero negro en el punto medio de todas las cosas. Pienso en el traidor de Lawrence, el libertador británico del pueblo árabe cuyo nombre solo pronuncian los beduinos para guiar a los turistas por sus montañas; pienso en los ríos vallados, como el Jordán y el Litani, en los soldados, las mezquitas, las iglesias, las sinagogas; pienso en los países que utilizan la Biblia como si fuese un libro de texto de Historia y en lo difícil que es encontrar referencias en el desierto, donde todo se pierde, hasta el sentido. Luego recuerdo que tuve que pagar más de 20 euros para que me estamparan un sello en el pasaporte y vuelvo a mi empeño por pensar que, aunque me equivoque, hay cosas que están bien y cosas que están mal y hay fronteras a las que solo te puedes acercar para ver dónde bautizaron a Jesús, por mucho que la arena del desierto las tape cuando sopla el viento.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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