La pequeña Siria

A Abusaker lo detuvieron por un tatuaje durante una manifestación en Abu Sba, la Puerta del León, en la provincia siria de Homs. “Si matas, ganas; si perdonas, mueres” es el mensaje grabado en el cuello o en el estómago que identifica a buena parte de los rebeldes, asegura. La insurrección le costó un arresto, la constancia de la frase, dos meses de prisión.

Varios meses después, el cocinero de 23 años reposa sus más de 100 kilos sobre unos cojines en el suelo del segundo piso de una tienda de telas en el barrio de Zaharia, en el centro de Trípoli, en Líbano. Su especialidad es la mujaddara, un arroz con lentejas que, advierte, se come con las manos en familia. Aquí no hay tiempo para guisos. Otros 10 jóvenes le miran mientras se zampa un plato de shawarma de un fast food sirio. Es el descanso del guerrero, solo que estos hombres no empuñan rifles. Sus armas son las faldas, camisas y jerseys que reparten entre las familias de refugiados sirios.

mujeres

Varias mujeres recogen ropa en la ‘oficina’ donde el grupo de Amin hace los repartos.

“El Gobierno [libanés] no deja que trabajen [las ong] porque quien gobierna es Hezbollah”, sentencia Amin. Es el “jefe”, el encargado de coordinar sobre el terreno la ayuda a los refugiados que presta la oposición al régimen, apoyada por los estados del Golfo. Todos los hombres a su cargo aseguran trabajar para el Ejército Libre Sirio. Entre ellos, levanta la mano algún “soldado” que ha dejado las armas al otro lado de la frontera.

El joven líder, de 28 años, pide disculpas por negarse a saludar con un apretón de manos a una mujer. Está casado. También se disculpa por no sonreír más, está agotado después de capear la avalancha de madres y niños que desde primera hora de la mañana abarrotaban el cuartucho donde han estado repartiendo los enseres.

Mientras prepara la campaña del día siguiente, Amin aparta una camisa blanca con forro semitransparente. “No pensábamos dar este tipo de ropa”, aclara, “queríamos venderla durante el verano para comprar otras prendas, pero el Gobierno nos paró la mercancía”. “Necesitamos ropa más islámica, más del estilo del este”.

A las puertas del local aún se acercan varias mujeres vestidas de negro y con hiyab. Una de ellas le ruega, con lágrimas en los ojos, algo de dinero para pagar el alquiler y evitar que el casero les eche a ella y a los niños. “¿Si te lloro durante dos horas me das también 200 dólares?”, le espeta Abusaker. Es el payaso del grupo, el que hace reír a todos para olvidar lo que han dejado atrás, lo bueno y lo malo. Su especialidad son las imitaciones, al jeque Assir, el último líder mediático salafista que amenaza con desestabilizar Sidón, le tiene cogido el punto. También a Nasrallah, jefe espiritual de Hezbollah.

Las bromas se le acaban cuando se habla de Siria. Mientras bambolea la barriga por las calles del zoco de Trípoli, flanqueado de banderas revolucionarias triestrelladas, se enzarza en una discusión sobre porqué Occidente odia a los musulmanes. La ignorancia, le replico, y los grupos islamistas radicales. Las respuestas no le satisfacen.

– ¿Y qué piensas de Al Nusra?

– Me gustan. Están luchando por su tierra y por su religión. Ellos son musulmanes, yo soy musulmán, pues estoy con ellos.

La argumentación prosigue. “No necesitan nada de América ni de nadie. Les da igual si les dan armas o no o lo que sea. Luchan por ellos mismos, para ellos mismos, por su gente y por su tierra. Ellos quieren el Corán. El Corán no es sólo algo que hable de guerra y eso. También sirve para gobernarnos y para organizar la comunidad”.

Al despedirnos él sí me da la mano y me pregunta de nuevo por mi hermana. Regresaría a Al-Andalus para conquistarla a ella, dice, no la tierra, aunque se queja de que los españoles comamos tan poco. “Es porque hacemos cinco comidas”, le rebato, “en realidad, estamos todo el día comiendo”. No se le ve convencido, pero la sonrisa hace que los ojos azules vuelvan a rodearse de mofletones.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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