Jamal y la puerta azul

252636_10151015246144551_1602894596_nComo está de moda y yo estaba tremendamente hastiada ayer [tocó el apagón de 9.00 a 10.00, ¿qué iba a hacer sin Internet?] decidí aprovechar que hacía buen tiempo para volver caminando a Chatila, el campo de refugiados palestinos de historia infame que abre las puertas del Dahiyeh, la zona de Hezbolá en Beirut. El propósito era entregar a una familia que vive allí unas fotos que saqué en julio, cuando aún pensaba que esta ciudad era algo exótico y no el perfecto paciente colectivo de un psicoterapeuta.

Para llegar a Chatila andando desde la zona cristiana ortodoxa en la que estoy viviendo (Geitawi), hay que atravesar, por supuesto, la calle Damasco, la antigua línea verde que durante la guerra hizo las veces de frontera entre el Beirut cristiano (este) y el Beirut musulmán-suní (oeste). En Beirut, atravesar algunas líneas es como introducirse lentamente en mundos distintos: van cambiando el paisaje, las personas, el tráfico. Más allá de comulgar con el entorno, esto te obliga, en cierta manera, a delimitar tus propias líneas y volverte más que nunca, por eso hago cortes de manga a los tipos que se giran para mirar cómo corro por la Corniche.

Chatila es hoy una especie de barrio, un distrito de miseria que abarca también el hermano Sabra. Se sabe que se está dentro de los límites del campo por el aspecto de los edificios, una vez se deja atrás el Cementerio de los Mártires, donde las lápidas que se han ido acumulando tapan las fosas comunes. No lo he visitado aún, y eso que me gustan los cementerios. Tengo la sensación de que hacer turismo en esta ciudad es visitar un enorme cementerio, como esos en los que los vivos pasean los domingos entre las tumbas.jamal

Dentro del barrio se encuentra lo que en su día fue el campo propiamente dicho, entre cuyos muros se masacró a hombres, mujeres y niños. Hoy es un enorme vertedero de chatarra. Para encontrar a Jamal por ese laberinto con olor a descomposición y grasa de motor y el suelo embarrado, llueva o no, miraba la foto en la que posaba con dos de sus hijos frente a una puerta azul. Cuando llegué al sitio, saqué la foto para preguntar por él. No reconocí a ninguna de las mujeres que estaban allí, ni a ninguno de los niños. Ama’, la cuñada, se puso a traspapelar los folios y arrancó del paquete la foto de su niña, a la que ahora le ha salido un diente. Ellos sí que se acordaban: recordaban que era española, que cuando fui por primera vez llevaba una falda y que había hecho más fotos que no les había llevado.

Salí de allí con la estúpida sonrisa de quien cree haber hecho algo bueno hasta que pensé que, con toda seguridad, no tendrán nada con qué enganchar las fotos a las paredes. Luego encontré esta imagen, otra guía entre los muros. No tengo buena memoria, quizá por eso necesite ver para recordar haber pasado ante esa puerta buscando la puerta azul. Jamal y su familia, sin embargo, no se olvidaron.

chatila

“Sabra y Chatila, Beirut, Líbano”. Robin Mayer. ‘Time’, 1982.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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