Líbano huele a sándalo

Mohammad sonríe algo pretencioso. “Tengo muchos olores preferidos, quizá tengo más de una personalidad”. El joven libanés, de 32 años se ha especializado en escudriñar a sus clientes para ofrecerles el aroma que más les va, según el aura que él percibe. “Un perfume es como la forma de vestir, refleja tu personalidad”, señala. Cuando se le pregunta por su favorito se resiste, hasta que da su brazo a torcer. Toma un tarro de cristal con una mezcla color miel, la etiqueta marca Sultan al-Oud (la madera del sultán, en árabe). “Sultan significa rey”, apunta. La esencia da un primer golpe cítrico, ligero y transparente. “La base es sándalo”, advierte.

El propietario de la perfumería Rozanna, en el barrio beirutí de Hamra (calle Leon), montó hace tres años el local para dar rienda suelta a sus inquietudes infantiles. El cabello y la barba pajizos, la piel rosada y los ojos de un verde almibarado le delatan: la raigambre perfumera la lleva en la sangre siria, como los genes de los cruzados occidentales que se establecieron en Alepo, ciudad natal de sus padres y que no visita desde hace dos veranos. La guerra le ha robado las vacaciones.

“Me encanta este trabajo”, dice, “desde que era pequeño siempre me llamó la atención”. El de perfumero es un oficio más tradicional en otras capitales orientales como Damasco, Estambul o El Cairo, donde los perfumes de imitación de grandes marcas se compran al peso, diluidos en alcohol. Mohammad admite que las mezclas esenciales las importa desde España. “Las compro a una empresa que fabrica los perfumes para las marcas”, explica, “allí es ilegal hacer esto, ¿verdad?”. El limón de su colonia se diluye. La personalidad del joven huele ahora a limpio, casi como a jabón.

No son pocos los clientes que irrumpen en el local con una pregunta que se les cae de los labios. “La última chica me ha dicho al entrar: ‘Busco un perfume, ¿cual crees que me va mejor?”, cuenta. En ese momento sus maneras delicadas se detienen aún más. Mohammad observa levemente, sin incisión, con las manos entrelazadas sobre el mostrador, hasta que repasa con la vista las vitrinas, escoge un tarro, lo destapa y deja caer una gota aceitosa sobre el reverso de la mano: “Cualquier otra persona, si le das a oler ese perfume, puede decirte que no lo soporta”.

Su trabajo consiste también en personalizar aromas, mezclando colonias populares con otros olores, “sin destruir el original”. Hasta ahora cuenta con 15 creaciones propias, a las que reserva un estante. Una de ellas, Nadine, está inspirada en su única empleada: “Es un poco complicada”, reconoce, pícaro. Y como quiere seguir complicándose, no ve el momento de viajar a Francia, la lejana tierra de las esencias delthriller pseudo dieciochesco de Patrick Süskind. “Quiero estudiar, seguir aprendiendo”, asegura. Su perfume deja paso a una pizca persistente y ligeramente picante, como a pimienta.

El cartel en la puerta de la tienda, situada en uno de los barrios más transitados y cosmopolitas de la capital libanesa, anuncia “perfumes occidentales y orientales”. El nombre es el resultado de una búsqueda en Google. “Rozana, que viene de rosa, es también un nombre de mujer y es fácil de escribir y decir en árabe y en otros idiomas para los clientes occidentales”, apunta.

Mohammad Nazzar está lejos de ser un viejo erudito envuelto en sedas y velos que imagina el romancero orientalista. Da un sorbo a su capuchino con pajita en vaso de cartón con la marca impresa de una franquicia mientras por la puerta se intuye el sinuoso humo perfumado que difunde un aséptico humidificador. A los pies del escaparate interior reposan varias bolsas repletas de frascos de cristal llenos. Al final, la madera aparece, con un toque de especias dulzonas, como la canela, que compensan el amargor. “El negocio va bien, gracias a dios”, remata.

[Pulicado en El Viajero>El País]

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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