El País es de todos

Cuando iba caminando por la cuesta que desemboca en la plaza Sassine de Beirut, sin saber aún que media hora antes había estallado una bomba allí, ver a gente con cara de preocupación, a madres abrazando a sus hijos, a hombres dirigiendo el tráfico en la calle cortada, a todos con el teléfono en la mano… Me puso la carne de gallina. Recibí una llamada de mi cita, debíamos encontrarnos allí para una entrevista: -¿Estás bien? -Sí, ¿por? -¿Sabes qué ha pasado? -No, pero creo que ha pasado algo. -Ha explotado una bomba.

Desde ese momento corrí hacia arriba. En sandalias y mini-falda, vestida de bien. Cogí el móvil libanés. “Mierda, no tengo el número aquí”. Cogí el español. “Mierda, no funciona la línea”. En ese momento te debates entre la alegría de que los inhibidores de frecuencia te impidan llamar y la desesperación por no poder avisar al periódico. El periódico era El País. Siempre ha sido El País.

Hace unos meses decidí venirme a vivir a Beirut “con una mano delante y otra detrás”, como quien dice. Con varios números de teléfono en la agenda y grandes consejos. Los consejos te los da quien ha cubierto para su medio guerras, conflictos, politiqueo… Durante años y años. Los lees en los libros que llevan su firma en la portada y en las decenas de crónicas que te has descargado y que fueron escritas antes de que nacieras.

Me vine a Beirut con dos obsesiones: el periódico y el país. En mi último año de carrera, Líbano vivió la primera Primavera Árabe. Las manifestaciones contra el asesinato de Rafiq Hariri lograron la expulsión del ejército sirio del territorio, tras más de 20 años de ocupación. Fue la Revolución de los Cedros. La información ocupaba portadas, análisis, editoriales. Líbano, ese minúsculo estado en mitad del caos de Oriente Próximo, puteado hasta la saciedad, tomaba las riendas de su propio destino. Meses después estalló la guerra. Del primer bombardeo israelí supe por la CNN mientras trabajaba en casa en una investigación rodeada de periódicos portugueses que hablaban sobre el carnaval. “Mierda”, pensé.

Cuando por fin pude conectar desde Sassine con el periódico, tras haber paseado mis sandalias por el montón de cristales que era el asfalto por allí, lo que sentí fue que estaba más perdida que un pulpo en un garaje. No sé cuánto me costó la llamada, pero la voz al otro lado del teléfono lo valía: -Llevo un rato intentando llamarte. Lo primero, ¿estás bien?; lo segundo, ¿estás allí? Mándanos unos párrafos.

Al día siguiente, por primera vez, mi nombre aparecía en la portada de El País. Mal escrito. Por primera vez me publicaban una crónica como freelance, por primera vez escribía sobre el Oriente Medio, por primera vez firmaba desde un país extranjero.

Mi hermana supo que estaba bien porque lo primero que hizo cuando escuchó lo de la bomba fue abrir la web de El País y ver mi firma. Mi abuela llamó preocupada a mi madre tras enterarse y el disgusto se le pasó cuando le dijeron que había escrito sobre ello. Mis tías guardan la portada del periódico que compraron por primera vez el 20 de octubre de 2012. Mi amigos, compañeros, maestros, me escribieron para felicitarme por el trabajo. Otras publicaciones se pusieron en contacto conmigo tras leer las crónicas para pedirme colaboraciones.

Es solo trabajo. Pero no es solo trabajo. Es una obsesión, sí, insana. Este debe ser el primer post que escribo “emocionada”, como dice una de mis mejores amigas. La emoción tiene dos caras, dos acepciones. Algunos de esos consejos se esfumarán esta semana del periódico, algunas de esas crónicas publicadas cuando yo aún no sabía leer, algunos de esos análisis escritos con la memoria que da la experiencia. Sus nombres están en la lista de despidos que la dirección de la empresa ha puesto encima de la mesa: 149 personas, periodistas, maestros.

El País es mío desde los 16 años. Es de mi hermana, de mi madre, de mi abuela, de mis tías, de mis amigos, de otros periódicos. A partir de ahora, será un poco peor y bastante menos nuestro.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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