Beyrouth

Gemmayzeh

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Cada mañana la reina se sentaba en su trono nada más despertar. “Veamos que tenemos hoy”, decía, y ante ella despachaban los emires de todos los rincones del reino para informar de qué había ocurrido el día anterior.

Le contaban espeluznantes historias sobre niños famélicos y padres que no podían trabajar para alimentarles, y la reina lloraba. Le explicaban los debates inacabables que tenían lugar en los salones de los sabios y que nunca llegaban a ninguna parte, y la reina bostezaba. Le relataban hazañas de hombres corrientes convertidos en héroes o mártires por causas nobles en sus tierras, y la reina aplaudía. Le narraban las penurias que vivían los heridos que llegaban hasta el reino sitiado desde guerras vecinas, y la reina sangraba. Le mostraban manjares traídos allende los muros de su palacio, de los árboles y la arena y las granjas de sus valles, y la reina salibaba.

Esto podía durar todo el día. Después, la reina, cansada, se retiraba a sus aposentos y luego vagaba por los salones y se rodeaba de la agradable compañía de cortesanos de confianza. “Ha pasado esto, ¿sabíais?”. Y ellos asentían. “Me gustaría probar esto, e ir a este otro sitio”, decía. “Deberíais majestad, es delicioso”, contestaban, “y ese lugar es muy bonito”.

Chatila

Harta de la rutina, la reina decidió en una ocasión recorrer sus dominios. “Si veis a los niños, lloraréis, mi reina”. “Si habláis a los sabios, no os contestarán”. “Si buscáis a los héroes, agacharán la cabeza y se esconderán”. “Si asistís a los heridos, la sangre os salpicará”. “¡Pero podéis probar nuestros manjares!”, y le señalaron una mesa donde todas las delicias del reino estaban servidas en lustrosas bandejas.

“¡No!”. Ese día la reina se quedó en palacio, pero al día siguiente insistió. Y así un día y otro y otro. Los cortesanos, hastiados, ya solo contestaban con un gesto de cabeza a las preguntas y soflamas cada vez más indignadas de la reina.

Sin decir nada, una buena mañana salió a la calle y los emires la siguieron, sin que pudiesen detenerla. La reina vagó por sus calles, pero vio muy poco. Solo a un niño con hambre al que un emir le dio antes una galleta para que se la ofreciese a su reina, y ella, complacida, sonrió. Habló a un sabio que, tras haberse enredado en una discusión sin rumbo con un emir, solo le dio largas y luego le dijo: “Mi señora, el reino está bien”, y la reina, orgullosa, sonrió. Encontró a un héroe que, ante la mirada de un emir, soltó su arma y volvió a tomar su arado de hombre corriente y se agachó ante la reina para besarle la mano, y la reina, honrada, sonrió. Se acercó a un herido, pero un emir corrió a cambiarle los vendajes sucios, y la reina, caritativa, sonrió.

Así, regresó a palacio y vio que allí seguían sus manjares de miel y sésamo y vino. Los engulló derrotada por la caminata. Y la reina, saciada, sonrió, y pensó: “Mi reino está bien”. Y olvidó a los niños, a los sabios, a los héroes y a los heridos. Y Beyrouth siguió comiendo manjares y vagando por el palacio en compañía de su corte y todos le decían: “¡Qué bien está el reino!”. Y ella, sonrió. Y en sus dientes había sangre.

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Corniche

Mártir

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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