Delayed

Antes de acostarme comprobé que todo estuviese en orden: cada momento en su sitio; los minutos y segundos escrupulosamente ordenados en cada frasco etiquetado con una pegatina verde de “Una hora”; los años, lustros y décadas, en el almacén; los siglos se habían acabado, tendría que pedir más, pero la última vez los proveedores ya andaban escasos de existencias. Por último, los “Pequeños instantes” a los que reservaba una vitrina de cristal. Eran pocos, pero tan valiosos que aún me quedaban; no todo el mundo se los podía permitir. Secretamente, me gustaba abrir las puertecillas y sacarlos por la noche, observarlos, tocarlos, olerlos y escucharlos tintinear.

Hecho el repaso me acosté en la cama de la trastienda. La mañana siguiente no noté nada raro al despertar. Fue después, cuando tomé una de las fichas de “Vale por…” para tomar un café cuando empecé a observar el desorden. Faltaban horas. Dentro de cada bote, además, minutos y segundos estaban revueltos: algunos tarros estaban llenos y otros casi vacíos. Estuve al borde de dejar caer la taza al suelo. Corrí a comprobar la vitrina, parecía en orden pero, justo al lado, faltaba hasta el último ratillo, santiamén, periquete…

Había sido un estropicio. Me quedé sin tiempo, simplemente se desvaneció. ¡Con lo que quedaba apenas llegaba a un día!

Fui como una exhalación al almacén. Lo que había allí era mercancía pesada, difícil de llevar si es que alguien había entrado durante la noche. Observé atónita cómo todo estaba hecho unos zorros, roto, como forzado. Aquello era ya tiempo de saldo, no valía nada. Aguanté la desesperación, ¡cuánto tiempo perdido!

Esa misma tarde se presentó allí la policía. Definitivamente, había sido un robo. “Últimamente”, reconoció el inspector, “hemos detectado atracos de este tipo, con nocturnidad y alevosía, a veces incluso a mano armada”. “Ha tenido suerte”, me dijo echando una ojeada alrededor, “le han robado el tiempo sin que se diese cuenta”. No sé si mis labios se movieron en una mueca de desprecio o de impotencia o de sarcasmo o de todo a la vez, pero algo tuvo que notar el inspector, porque inmediatamente se volvió hacia mí y añadió: “No se preocupe, los tenemos localizados. ¿Tiene un momento?” “Claro”, contesté, “de esos aún me quedan”.

Me tomó del brazo y me llevó a la trastienda junto a la cama y el sofá, donde el el tiempo apenas pasaba. “Sabemos que hay una banda dedicada al robo de tiempo a gran escala, pero apenas podemos ponerles las manos encima. Se llevan el tiempo volando y no sabemos en qué lo gastan, simplemente parece desaparecer. Creemos que han sistematizado una estrategia de espera, pero no encontramos pruebas suficientes para inculparlos”. Yo me limitaba a asentir. “Estamos perdidos, no sabemos cómo atraparlos”. “Ajá, ¿y qué puedo hacer yo?” “¡Ah! ¡Nada!” “Entonces, ¿quién me va a devolver el tiempo?” “¡Ah! Usted sabe muy bien que el tiempo perdido no vuelve”.

Luego se levantó y caminó hacia la puerta. “Nadie tiene tiempo para buscarlo”, sentenció a modo de despedida. Yo me quedé ahí sentada, incapaz de decidir ante la imposibilidad de hacer algo útil. Enseguida escuché la campanilla de la puerta anunciando algún cliente. Tras el mostrador se presentó un tipo enchaquetado con una gorra como de capitán de algo. “¿Señorita Jiménez?” “Sí”, contesté. “Hemos retrasado su vuelo”.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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