La absurda nostalgia de los perros

A Kika.

Hay recuerdos absurdos. Por tanto, hay que admitir que a veces nos asalta una visión absurda del mundo.

Absurdo es, por ejemplo, echar de menos, tras años de vida compartida, a un perro que ha muerto, porque al entrar en casa no sientes la necesidad de andar de puntillas esquivando meadas y cagadas de un esfínter descontrolado por la edad. Kika -la perra de mi tía, única hija de la caniche que fue mi mascota desde los diez años hasta los 18- estaba ciega, sorda, apenas se movía y le costaba respirar. Sin embargo, te aferras a ese cariño que conservas desde el primer día que la viste entrar en casa: un jolgorio en forma de cachorro peludo; pura explosión de alegría. Y justo tras ese calcetín mojado en pis y ese “¡joder!”, acecha la nostalgia, se llega a las caricias, a los saltos de alegría, a la cabeza apoyada sobre las rodillas en la cama.

Cuánto se puede llegar a echar de menos a un perro, por mucha mierda que nos hiciese limpiar. Pasa también con las personas, los lugares, los trabajos. Cuánta mierda se puede llegar a limpiar antes de echar de menos algo, de abandonarlo o dejarlo ir. Somos un poco barrenderos, reivindiquemos pues cierta visión escatológica de la vida.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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