La chica del terrible perfil

Conozco a una chica bastante peculiar. Si ella me escuchase decir que me parece peculiar o, de algún modo, extraordinaria (en el sentido más literal de la palabra) me censuraría en el acto. “Las cosas son como son”, me diría, “no hay nada ni nadie normal, ni fuera de lo normal. Las cosas pueden ser lógicas o no, las personas, coherentes o hipócritas. El hecho de que creamos que algo es excepcional no es más que una demostración de nuestra conciencia infinitesimal de todo lo demás”.

El caso es que esta chica, vista en 3D, es decir, desde múltiples perspectivas, cambia. Nunca, sin embargo, deja de ser la misma. El pelo, con mechas estratégica y estéticamente abandonadas (aunque tal vez eso no sea más que una excusa retroalimentada para la desidia), la nariz grande y ancha, los pómulos altos cuando sonríe, los dientes pequeños que dejan ver las encías… permanecen inalterables. Cuando la miro de frente, los desequilibrios y asimetrías de sus rasgos conforman un rostro, en cierto modo, correcto. Vamos, que es mona. De perfil, sin embargo, es bastante difícil de ver, como quien dice.

Cuando está de perfil todos los defectos que forma su estructura ósea quedan al descubierto. La barbilla de su óvalo facial, por ejemplo, corta y ligeramente chata, aparece como sobresaliente y metida hacia dentro al mismo tiempo, quitando volumen a la cara; la frente, pequeña, se descubre en un relieve simiesco que adelanta extrañamente el entrecejo con el que entronca, de forma continua, el tabique nasal, protuberante y torcido; los labios, pequeños pero elásticos y marcados por el centro como en corazón, pasan totalmente desapercibidos; y el cuello, ese cuello que sé que le hace estremecer, que se le carga con el estrés y la tensión, que a veces dice más de ella misma que sus palabras, se ve extrañamente descompensado, mal unido a la base del cráneo y enganchado a la breve barbilla por un ligero trozo de piel que no podría decirse papada.

Alguna vez se lo he comentado, que ese perfil no le hace justicia. A ella tampoco le agrada, quizá por eso siempre intenta tapar parte de la cara con el pelo. El desequilibrio se extiende también al resto de su cuerpo: las caderas estrechas, el vientre en la media, el pecho brevísimo, las costillas sobresalientes y los hombros recogidos que, vistos de frente, conservan cierta armonía, parecen transformarse cuando se pone de lado, con entradas y salidas insospechadas desde la vertical.

Su desgracia, según me ha comentado alguna vez, es no poder hacer nada para cambiarlo. Al menos lo de su cara. Sí la he descubierto furtivamente mirándose al espejo desnuda y corrigiendo la postura para meter tripa y dejar de arquear la espalda. Pero lo de su cara es imposible. “Si me miro al espejo”, dice, “puedo maquillarme, ponerme más guapa con algo de khol y rimmel, resaltar los pómulos con colorete, ocultar los granos con polvos. Puedo ensayar una sonrisa agradable pese a mi dentadura. Puedo cambiar, aparentar un rostro más adulto o infantil con mis expresiones, disfrazar, si me apetece, el cansancio reflejado en las ojeras o la palidez de la piel. Pero no me veo de perfil. Por mucho que intente girar el ojo, no me veo completamente de perfil cuando estoy en el espejo”.

Es su condena. Se sabe aparentemente resultona si se lo propone, pero también conoce ese perfil. Y sabe que no puede controlar que la gente se siente a su lado; no puede mirar siempre de frente, estar siempre alerta sin girar la cabeza durante una conversación. “Eres preciosa”, le dije una vez, “pero tienes un perfil terrible”. Ambas frases le molestaron, como molestan las cosas que no molestan, sino que nos ocupan la cabeza en pensar algo que no teníamos previsto en ese momento. La primera, por la maleabilidad de su rostro cambiante en función de la melanina, el maquillaje o las horas de sueño; un rostro adaptativo que se muestra como se desea ver. La segunda, por inevitable, por que yo también sé que tengo ese perfil horrible que solo veo en las fotos que otros sacan y que a veces no puedo evitar que salga.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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