Adiós a La Martina

He perdido a La Martina. Me gustaba visitarla. Me gustaba su aspecto y cómo me recibía, tan moderna y tan de barrio. Al parecer, no ha aguantado lo suficiente. Se ha ido en silencio y de repente. He de reconocer que ni siquiera yo acudía a ella todo lo que debiera. Y, en cualquier caso, tampoco hubiese bastado.

La última vez que estuve en mi frutería, apenas a una calle de casa, fue para comprar una cebolla roja, una lima y una cabeza de ajos. Era mediados de marzo y me preparaba para probar a deconstruir una receta y convertirla en lasaña. Lo comenté con la dependienta, que me preguntaba para qué sacaba las fotos. “Voy a probar una receta nueva y quiero poner fotos vuestras en el blog”, le dije. Luego le expliqué el plato y quedé en pasarle la receta si me salía bien. Después llegó la semana santa. Volví para hacer acopio de aguacates, calabaza y apio y resolver una invitación de testeo con una amiga. Ya era tarde. Ingenuamente pensé que el papel marrón que cubría el escaparate evitaba que la fruta se pochara en la ventana durante unos días de descanso por no haber cerrado los festivos.

Pero el papel siguió ahí, un día, y otro. Aún sigue, con su aspecto vulgar y su pequeño agujero. Es desolador sentirte abandonada por tus puntos de referencia: tu frutería, tu kiosko de prensa… Ya me había pasado antes. Aún me quedo mirando las puertas decoradas con portadas de revistas [desde el Hola hasta The Economist] de La Prensa, donde recalaba todos los domingos, hasta los de final de mes.

Nadie les ha llorado; no ha habido titulares como los de la cadena de carnicerías Santana Perera, la panificadora Domingo o Sialsa, sendos ERE mediante. Todas muy canarias; todas con muchos trabajadores. La Martina apenas llevaba un año abierta, casi tanto como yo viviendo al lado. Allí trabajaban dos empleados y la pareja de dueños, como en La Prensa, que era un bazar familiar. Les prometí que les sacaría en el blog y ahora lamento no poder enseñarles las fotos.

Cuando te sientes sola, culpas a todo: a una ciudad que solo aparenta apreciarse a sí misma, a unos vecinos que no son capaces de ver lo que tienen delante y huyen en coche a cualquier gran superficie. La Martina se había plantado ahí, en una esquina, rodeada de la nada; jugándosela en un local que, dicen, está “maldito”. La comodidad debería ser también pecado.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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