Los vaqueros caminan con las piernas abiertas [Diario de Fuerteventura]

Fuerteventura.

Hay ocasiones en la que disponemos todo para dirigir nuestra propia película. En la mayoría de casos, acabamos siendo un personaje más. Yo viajé a Fuerteventura con unas botas de cowgirl para rodar en un desierto. Pero esa isla no es un desierto. Fuerteventura es luz, y viento, y tierra, pero no es un desierto. Hay personajes, momentos y escenarios. Un desierto es un fin de semana en Gran Canaria que te obliga a comprar un billete de avión.

Las recomendaciones de mis conocidos grancanarios iban desde el “allí no hay nada” al “tienes que ir”. Tanta contradicción despierta curiosidad. Lo que encontré en los dos días en que tuve de todo menos playa [mejor dicho, menos sol y mar] fue el guión improvisado de un fin de semana, de esos que te hacen sentir como Unamuno cuando el protagonista de la historia se te rebela: desorientada.

Me perdí en las playas de Corralejo, donde las nubes y el polvo hicieron imposible que probase a tomar el sol rodeada de un decorado del oeste futurista al borde del mar, una mezcla entre el Caribe y Arizona. Por suerte, acabé por encontrar un enchufe para cargar el móvil en un chiringuito punk en mitad de la nada donde no sabías si pedir un vino o no por miedo a que te dijesen las camareras que aquello era una reunión de amigos y no un bar.

Parque Natural Dunas de Corralejo.

Gracias a eso supe que esa misma noche se celebraban los carnavales de Corralejo, casi un mes después de las fiestas grandes del resto de las capitales de las islas (la capital de Fuerteventura es Puerto del Rosario, pero en Canarias, la designación política poco tiene que ver con la realidad). Y allí que me fui, con mis botas de vaquera y tras conectarme un rato a facebook en el Canela Café, un bar de windsurferos modernos que llama la atención en la calle principal de Lajares, donde las cabras conviven con la muchachada sponsorizada por Quicksilver y Rip Curl (el deporte nacional de Fuerteventura es el windsurf).

Parque Natural Dunas de Corralejo.

Las botas de vaquera te permiten caminar como si fueses otra persona. El tacón de madera nos hace a los supinadores andar con las piernas abiertas, sin juntar los tobillos, lo que facilita arquear las rodillas para desenfundar más rápido las pistolas de las cartucheras. Andas raro y lo sabes. Las botas, además, te vuelven autoconsciente, esto es, “sabes que llevas unas botas de vaquera”. Por eso Clint Eastwood viste esa cara, a fuerza de autobservarse continuamente. Pasos contundentes y disparos rápidos.

Yo me autobservaba diciendo, por ejemplo, que me hospedaba en La Oliva en lugar de dar explicaciones sobre que dormiría donde me diese la gana (pese a no saber dónde sería eso) porque para eso tenía [solo] mi coche. Me autobservaba haciendo botellón por invitación de un grupo de adolescentes entre los que se encontraba el bisnieto del farero de Lobos, un islote volcánico que corona la punta norte de Fuerteventura. Ya nadie maneja las luces del faro para guiar a los barcos hasta la orilla.

By Julian.

Me autobservaba también recogiendo a un autoestopista camino de El Cotillo. Resultó ser un bohemio francés [marsellés] dedicado a pintar cuadros de forma compulsiva en una casa/taller donde había que retirar óleos a medio secar del sofá para poder sentarse. Allí volví a cargar el smartphone mientras le explicaba al bohemio que, pese a vivir enganchada al móvil y asediada en casa por tres ordenadores e infinidad de cables, mis estanterías [como su sofá] estaban llenas de papel. Él me explicaba muchas cosas, pero sobre todo que le gustaba encontrarse con alguien que se ganase la vida con el lenguaje, porque a él le costaba expresarse en castellano: “A veces es difícil encontrar las palabras”.

Salí de allí dispuesta a hacer frente al viento que había logrado disipar la calima del día anterior, esa nube de polvo que convierte el cielo canario en el Sáhara. Acabé visitando la Fuerteventura volcánica, la de las montañas sagradas que los artistas foráneos quieren vaciar para construir monumentos al turismo; la de los pueblos reconstruidos siglos después que se venden como si tuvieran 600 años; la de los dos molinos de cereales que los folletos de viaje te llaman a fotografiar como si fuesen auténticos. La de la carretera, al fin y al cabo, en la que se te va la vista al horizonte a riesgo de despeñarte por una ladera.

Riesgo. Es lo que se experimenta cuando pasas de guionista a personaje coral, cuando el plan de rodaje es que no hay plan porque te han cambiado el decorado. Es lo que tienen los alisios, que lo cambian todo. Ellos soplan y tú te apañas. Esa noche, después de mucho tiempo, pasé miedo externo [el interno se ha vuelto cotidiano]. Conduje a oscuras hasta otro faro en un cabo al sur de la isla donde las rachas eran tan fuertes que me hicieron rezar [sí, rezar] para que el coche no volcase. Me preocupaban los retrovisores, que no estaban cubiertos por el seguro (cuya contratación me costó una bronca con la de la empresa de alquiler y la consecuente hoja de reclamaciones), y deseé que en los faros aún trabajasen los bisabuelos de alguien. Me había quitado las botas de cowgirl.

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Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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