La antisoledad [Diario de El Hierro 2]

Feria de Málaga (2009).

Desde que llegué a Canarias, una pregunta que flota en el aire se cuela de vez en cuando por el oído: “¿Estuviste en Carnavales?” -“No” -“Pues ya verás, son otra cosa”. La última respuesta nace a mi cuestionamiento del ardor y cercanía de los canarios, que más bien habitan islas individuales en las que configuran sus universos paralelos. La promesa de los carnavales convierte, sin embargo, a los individuos en una masa de jolgorio compartido, dicen. Algo así como la feria de Málaga, sin abanicos ni rebujito y con máscaras. Así, he llegado a la conclusión de que la insularidad se ha convertido en anti-soledad. Física; solo física. Es tal el complejo de aislamiento, que no hay disfraz que enmascare esos mundos puramente individuales.

Algo parecido me ocurrió en El Hierro, donde, contra toda recomendación, pasé los carnavales. Huí buscando ese universo paralelo, ese aislamiento prometido en el, con perdón, culo de España. Ese conducir solos yo y un mapa, dormir bajo un manto de estrellas, despertar con el roce de los primeros rayos al alba… Los lugares comunes de la literatura solo existen en los [malos] libros, la realidad es más una playa en la que de repente sube la marea y o coges tus cosas y te las piras echando leches o adiós toalla seca.

Puerto de la Estaca.

Pongamosnos en situación. Haces un viaje sola, conoces a alguien que te da su teléfono por si te aburres de estar sola. Le llamas con la esperanza de volver a montar a caballo, algo que no haces desde los 13 años… Y acabas el domingo por la mañana conduciendo con un copiloto que no entiende qué interés tienes en pasear por un pueblo con un puñado de decenas de habitantes. Pero claro, te ha hecho un favor.

Esa es la antisoledad. Cuando por fin escapas de tu rutina diaria para prepararte una cita contigo misma, aparece alguien que no sabe cuándo apagar la vela. Me gusta estar sola. Me gusta pensar, leer, poner lavadoras de ropa blanca o negra [la colada de color me perturba, no combina en el tendedero]… Y me gusta tener personas con quien compartir ese mundo individual, no crear dos mundos aparte: uno para la juerga y otro para el día a día.

El caso es que tras la accidentada y azarosamente solucionada llegada a la isla, arranqué destino a la primera cafetería que encontrase. De nuevo en Frontera, me topé con el mejor espresso largo de la isla. La valoración era de la regente, que estaba de vuelta en El Hierro tras años de exilio en Venezuela. Los venezolanos son como los segundos habitantes del lugar. Pese a que la crisis ha hecho que muchos regresen, aún pueden verse taxistas que reniegan del carácter español, por el que no todo el mundo da los “buenos días” al entrar en un local o encontrarse por la calle.

Domando a un potrillo.

Venezolanos eran también algunos de los amigos de Omar, el chaval que me llevó ese día a pegarme gratis una comilona de barbacoa en Hoya del Morcillo. Todo el grupo forman los Caballos Locos y, según mi anfitrión -que me llevó antes a ver cómo domaba y herraba un potrillo-, montan precisamente a la venezolana. Ambos convinimos en que de esa manera, tensando riendas y tirando de espuelas, era imposible que un animal aparentase la elegancia con que se luce cuando se monta a la inglesa o a la española.

Los caballos, y esto era algo que desconocía al llegar allí, son toda una tradición en El Hierro. Los hay pura sangre, dossangres, tressangres; árabes, ingleses, españoles… El asfalto se ha ido comiendo poco a poco los caminos de tierra en los que antes se organizaban carreras a las que acudían prácticamente todos los vecinos de los núcleos altos de la isla. La crisis, de nuevo, ha hecho que haya jinetes que vendan los animales por menos de 500 euros, y hay hasta quien los regala. Al fin y al cabo, los caballos son los que son. Es difícil que lleguen o salgan de allí, por lo que el concepto de precio de mercado está también marcado por la insularidad. La pena es que, por lo que pude saber, o encuentras amigos como estos que te den una vuelta o es imposible organizar tours para turistas a caballo. Una pena.

Vino tinto.

Prácticamente así acabó el sábado. Caída la noche y ante la imposibilidad de sacar fotos por falta de luz [cuando se hace de noche, prácticamente toda la isla se queda a oscuras] acabamos a vinos en un bar en el que conocí, entre otros, a Mauro, el orgulloso padre del Top Model Tenerife. Su convencimiento de que su hijo Mauri, estudiante en la Universidad de La Laguna, ganaría el premio Top Model España solo se veía nublado por el mosqueo ante los comentarios malintencionados que ya se habían empezado a propagar.

El orgullo es el pecado de los lugares aislados y de las fronteras. Nace de la necesidad que tenemos quienes hemos crecido entre alambradas [ya sean de metal o de agua] de decirnos a nosotros mismos que somos más grandes que esos kilómetros cuadrados. Por eso siempre acabamos por crear un mundo pequeño dentro y ponerle murallas, para evitar el vértigo a los grandes espacios vacíos.

Valla en la frontera de Melilla, en los cortados de Aguadú.

[PD: Esa noche sí que dormí en un colchón, en una casa vacía y en obras “en la costa” de la que luego tuve que devolver las llaves. Al despertar, vi el mar.]

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

  1. Gnomo

    “El orgullo es el pecado de los lugares aislados y de las fronteras. Nace de la necesidad que tenemos quienes hemos crecido entre alambradas [ya sean de metal o de agua] de decirnos a nosotros mismos que somos más grandes que esos kilómetros cuadrados”.

    Esto lo he vivido, ajena, pero inmersa. Gran post.

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