Deconstrucción de un caballo blanco [Diario de El Hierro 1]

Si mal no recuerdo, el caballo del príncipe Felipe en la versión de Disney de La Bella Durmiente era de color blanco. A lomos del noble corcel, él acude raudo al canto de Aurora cuando descubre, de repente, que un ogro la persigue. En un alarde de caballerosidad anárquica él desobedece a su Sancho Panza a la americana, se deshace del ogro y salva a la damisela, que andaba perdida en el bosque.

Panorámica del Golfo desde el Mirador de Bastos.

[Aviso a navegantes, este es un post largo. Desde la botica se recomienda biodramina a los adictos a las cápsulas. Lamento la incontinencia prosa_ica]

Yo me perdí en una isla. Y mi caballo blanco tiene cuatro ruedas y un volante, en lugar de pezuñas y riendas, pero tanto ver Divinity por las tardes me está secando el cerebro, así que es inevitable establecer este tipo de relaciones cuando llevas vistos los suficientes capítulos de Anatomía de Grey. Çest la vie.

El caso es que, pese a que El Hierro es la isla más pequeña y más aislada de España (ya de por sí un país aislado de Europa que, cada vez más, se aísla del mundo, troika económica mediante), mi desesperada salida del aeropuerto me hizo sentir como si andase desorientada en mitad de la quinta avenida neoyorkina a las 5.00 de la madrugada. En resumen, que para un taxi que vi, casi se me disloca el hombro en mi afán por lanzarme a por él.

Antecedentes: llegada a la isla desde Gran Canaria con la idea de alquilar un coche, que no había reservado previamente, y dormir en él durante dos días; descubrimiento de que, pese a la crisis del turismo que dicen vivir los herreños y la explosión carnavalera en el resto del archipiélago, no hay coches disponibles para ese fin de semana; claudicación e intento de llegar a Valverde, la capital, en guagua-bus, cuya última línea salió a las 17.30, media hora antes de que tomase esa decisión. Un taxi era mi única salvación, cuando el ogro de la falta de planificación estaba a punto de alcanzarme. Y ahí apareció. Una conversación bastó para enterarme de que los taxistas tenían montado un negocio de alquiler de coches, benditos 270 kilómetros cuadrados con 10.000 habitantes que parece una comuna grande.

Iglesia de La Concepción en Valverde.

La empresa Transhierro es una especie de monopolio de los transportes en El Hierro. Tienen la exclusiva del movimiento rodado: guaguas escolares, urbanas, interurbanas, taxis,… Se trata de una cooperativa donde cada conductor se pone al volante de lo que le echen. Mi taxista me dijo que, de hecho, él no tenía licencia, sino que era propiedad de la empresa, y que el mismo día anterior condujo un autobús para llevar de excursión a los niños de una escuela. Pero lo relevante para esta historia es que, sí, disponían de coches de alquiler: un polo blanco manso y noble de gasolina que, pese a que se caló un par de veces, bien fue capaz de meterse por caminos de tierra y entre la maleza sin rechistar.

Me gusta, en parte, viajar así. Analizar las reacciones propias ante los inconvenientes y descubrir cómo actúas cuando la suerte te abandona o te sonríe. Además, así tienes algo que contar cuando vuelves de un lugar en el que, de hecho, pasan muy poquitas cosas.

Tras respirar, por fin, me senté en una cafetería de estas cucas, decoradas al estilo de Chueca o El Born. ¡Wow! Tal fue la impresión que me causó el interiorismo de El Secreto que me lancé a pedir un té blanco con leche de soja. Finalmente acabé con un preparado tropical de esos que te venden en bolsitas haciendo una entrevista por teléfono sobre el almendro en Gran Canaria que no se me grabó en el móvil. Cuando una tiene suerte una vez, es que se lanza, pero el universo no da para tanto.

Formación del 'mar de nubes' en la carretera que cruza el pinar sobre El Julan.

El siguiente paso fue buscar un lugar en el que poder ver gente por la calle durante la noche. Así fue como me enteré de que esa noche la macrofiesta de carnaval de La Frontera, el segundo de los cuatro municipios de la isla, situado hacia el sur y a 11 kilómetros de la capital, atraía ese fin de semana a todos los vecinos. Para allá que me fui. Y por el camino que me perdí, conduciendo entre las brumas que acumula la carretera de la cumbre, ya prácticamente abandonada.

Dicen muchas cosas de la gente de El Hierro, y todas relacionadas con su aislamiento. Que su castellano es perfecto porque viven tan aislados que conservan el habla antigua; que puedes viajar sola y encontrar asistencia en su hospitalidad en cualquier momento; que enseguida se ponen a charlar contigo si les das conversación; y, por supuesto, que en la isla todos se conocen. Todo esto es, en parte, verdad. En parte porque estas cosas son como una espada. Pasado un tiempo, es difícil deshacerse de la compañía que amablemente te han ofrecido y tú has aprovechado; es difícil terminar una conversación que has iniciado; y, por supuesto, te marchas de la isla con la sensación de que hasta el tato sabe de tu existencia. Y sí, son los que mejor hablan en toda Canarias.

El caso es que, llegada a San Andrés, un pueblo a las puertas de esa laurisilva que te hace pensar de noche que estás en medio del bosque de Sleepy Hollow, conseguí que me indicaran el camino correcto hacia Frontera, por el archimencionado túnel de Los Roquillos, sobre el que me desvié unos kilómetros. También conseguí una oferta para montar a caballo al día siguiente, pero eso es otro post.

Atravesar ese túnel fue casi una experiencia religiosa, algo que solo se puede experimentar en otros lugares como Pammukale, en Turquía. De repente te encuentras en las entrañas de algo vivo, de lo que has hablado, escrito, buscado fotos, durante meses y meses de polémica por un volcán. Y descubres que es solo un túnel mal acondicionado, por mucho que sea la arteria principal de una red de carreteras en la que solo conté cuatro semáforos.

Vino de pata en Valverde.

El final de esta historia transcurre en el bar improvisado de un club de bola (una especie de petanca canaria, porque en este archipiélago, todo es canario y no lo es nada) al más puro estilo guachinche tinerfeño. Allí tuve mi primer contacto con el vino de pata, elixir local hecho a base de pisar en casa la uva de la huerta propia, a diferencia del vino con D.O. propia que exporta la isla. “Ahora se hace todo con máquinas”, me apuntaba la camarera. Las diferencias entre una bebida y otra son varias: el de pata nunca tiene el mismo color de un local a otro, dos botellas no saben nunca igual, con una gama de regustos que va desde el aguardiente hasta el vino dulce, pasando por la manzanilla, y la advertencia que acompaña al servicio es: “cuidao, que se sube” (después de darme a probar un sorbo y decidirme por el tinto de la tierra, solo me sirvieron un vaso de pata por lo bajini cuando ya había catado dos tandas del carmesí).

El cansancio, y el vino, hicieron mella y mi caballo con motor delantero transversal y tracción delantera me llevó hasta mi descanso en el Charco Azul, atravesando a oscuras invernaderos de plataneras y piñas tropicales. La explanada resultó ser un picadero que me obligó a apagar las largas para aparcar, pero qué lugar más seguro para dormir: si allí se reúnen las parejas que viven aún con sus padres es porque solo el montón de estrellas del cielo te molesta. Tuve que esperar a que dos coches se fueran para cambiarme y encender la luz trasera para leer. Al despertar, solo estábamos yo, mi coche blanco, y el sol tiñendo de rojo el cielo como si fuera a atardecer, por el extremo contrario al punto más occidental de España. Y un aire gélido que sabe a café.

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Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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