Recetas fallidas [1]: Canarias en la cocina

Pensaba escribir hoy un post con una nueva receta, para que no pareciese que las otras dos me las saqué de la chistera. El problema es que creo que ya he acumulado suficientes experimentos como para hablar de los intentos fallidos. No nos engañemos, de los fracasos también se aprende y, además, siempre es divertido regodearse en las caídas de bruces de los demás.

El caso es que llevo un tiempo obsesionada con trasladar Canarias a la sartén de alguna forma que no resulte indigesta. Y eso es mucho decir, porque he gastado litros de aceite. Mis dos pivotes: gofio y aguacate. Después de hoy el gofio queda totalmente descartado [será que es demasiado aborígen]. No he conseguido aprovecharlo ni para la tempura, ni la bechamel, y ya desisto de probar con las tortitas, que iba a ser mi próximo paso. El problema: el sabor a… gofio!… que tiene lo mata todo.

Para quien no esté familiarizado con el ingrediente, se trata de una harina tostada de cereales, normalmente de maíz [millo], aunque también la hay de trigo, omnipresente en el archipiélago y hasta en su vocabulario [“estoy hecho gofio”, se dice, en lugar de estoy hecho polvo]. Desde hace siglos lleva alimentando a niños, mayores, pobres; se come dulce, salado, en papilla, en mousse, en pella… Mi idea era utilizarlo en lugar de la harina normal para preparar croquetas [de aguacate] que salieron solo con sabor a gofio. Hoy he probado con un rebozado tipo tempura y, puestos a fusionar, ¡toma ingrediente canario con receta japonesa! Nada, ni con fruta, ni con verdura…

Mirándolo con perspectiva, el ingrediente es un poco como la[s] isla[s]: ha desarrollado tal capacidad de reivindicarse a sí mismo que, o yo no me hago a él, o es él el que no casa bien con otros, no sabría decirlo. Canarias me ha ganado la partida.

Pero no pienso rendirme. Mi esperanza es el aguacate. Y el de aquí es, probablemente, el mejor que he probado, especialmente los que traía @Thalia_rf en septiembre recién cogiditos de su huerto. Solo una semana antes pagué casi dos euros por un par de ellos, a más de cinco euros el kilo. Días despúes, cuando media Gran Canaria comenzó a dar aguacates el precio bajó a dos euros y pico… Hasta para eso soy pardilla.

El aguacate canario me tiene fascinada. La piel es verde, no marrón ni berenjena, y lisa. Son más largos y la piel es finísima. Da pena desperdiciarlos para preparar guacamole, con ese sabor que tienen como a frutos secos. Lo suyo es comerlo solo, sin artificio. Tú, él y una cuchara; a lo sumo, ensandwichado entre rodajas de plátano y algún embutido [se me hace la boca agua].

Pues se me ha metido en la cabeza encontrar el modo de freírlo y servirlo crujiente por fuera, pero con un meloso y derretido corazón. El problema: cualquier intento de calentar de algún modo una bolita de crema de aguacate acaba en chof. Tal es la condición de los platos que es mejor servir fríos. Tras las croquetas y los bocaditos que intenté preparar con solo haber espolvoreado algo de pan rallado especiado, la última prueba han sido los crujientes de satay (he de decir aquí que cierta inspiración saqué del HD de Moncloa, los modernos, como lo llama una amiga). La idea es buena, es genial, el sabor casa a la perfección, aunque esta vez quizá me salió muy fuerte el crocante de cacahuetes… Pero promete, así que esta [sí] espero que sea la próxima receta del blog. Hasta entonces me conformo con una sobremesa de vino de Rueda y té blanco con leche.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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