Lo que tiene nacer en una cueva

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Andrés nació en una cueva con vistas al mar. Tiene 72 años, dos nietos y ningún hijo. Y dejó de beber hace ocho años. Hasta entonces casi cada tarde se sentaba junto a Juan Francisco, su vecino (y padre de sus nietos putativos) en la puerta de su casa con unas cervezas o un ron a ver romper olas al pie de su escalera y tender la caña en la orilla. Bebían mucho. Es lo que tiene nacer en una cueva, que te encalla las manos, te aja el rostro y te nubla la vista. Y eso fue antes de enterarse de que iban a tirar abajo sus casas. Quizá por la bebida, quizá por la edad o por lo vivido, a Andrés no se le sale la sonrisa de la boca, aunque su respiración huela ahora a macarrones cocinados por su vecina Anette y no a alcohol.

Hay dos formas de regresar a los sitios: volver [misma hora, mismo lugar] o ir como si pisaras el suelo de algo de lo que te han hablado. La primera vez que estuve en la playa de Tufia, me enamoré del sol del verano en las casas blancas, del vecino desconocido que te deja entrar en casa para ir al servicio y de las monedas que rebuscas para pagar un Carta Oro con limón en un chiringuito que permanece abierto durante los tres meses de verano.  La segunda me enteré de que a quienes viven allí todo el año les molesta la música del kioskillo sonando durante todo el día, los fusiles de pesca submarina de los domingueros en la arena o el humo de los porros colándose por sus ventanas.

Tufia, para entendernos, es un puñado de casas metidas a la fuerza en un acantilado que acaban despeñándose en el mar. Llamarlo playa es decir mucho. Si uno quiere tumbarse en la arena debe dejarse caer por el otro lado del edificio volcánico (porque en Canarias no hay rocas, hay lava) y darse un chapuzón en la playa de Aguadulce, con las vistas de una insultante fábrica enfrente. Tufia es también un espacio protegido con su protegida vegetación, sus protegidas dunas y sus protegidos restos arqueológicos aborígenes, como la mitad del suelo de Gran Canaria [lo que no impide levantar monstruosidades como Playa del Inglés].

Pero Tufia es también un barrio con recuerdos, en el que puede un godo escuchar parte de la historia de la isla. Allí, según le contó su abuelo a Andrés, llegaron los pescadores expulsados de la bahía de Gando [donde se ubica ahora el aeropuerto de Gran Canaria y el aeródromo militar] por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Franco cedió aquel terreno, donde desde los años veinte compartían suelo marineros y pilotos, a los nazis como ahora España cede sus bases aéreas a EEUU para prestar apoyo a la invasión de Irak o para repostar combustible en el camino de Egipto a Guantánamo. Los canarios, muy suyos con lo suyo, cogieron sus aperos y se plantaron en otros trozos de playa donde ya había gente viviendo. Uno de esos puntos fue Tufia.

Por aquél entonces nació Andrés, en 1940. Sus abuelos, su padre y su madre (que era de Telde) vivían en las cuevas que aún forman su casa. Allí abrió los ojos y los vio pescando. Ya  en 1973 conoció al padre de Juan Francisco, que compró parte de aquél trozo de tierra y se montó un casa. Juan Francisco y Anette cuidan de él como de su propia familia. Ahora les han dicho que esas casas son ilegales y que no les pueden dar otras en el roque porque ese suelo no se puede urbanizar.

Casi con remordimientos recuerdan cómo cambió el poblado cuando llegó la luz, en 1997. Entonces, las chabolas se convirtieron en caserones de cemento y la gente se volvió loca. Los hippies que se montaron su lar por allí y los veraneantes que expulsaban cada año a los okupas que habitaban sus casas el resto del año comenzaron a construir pisos sobre las primeras y segundas plantas. El núcleo empezó a crecer, pese a que el agua corriente no llegó hasta algo más tarde. Y es que poder meter maquinaria de obra o de bricolaje y trabajar a la luz de una bombilla supuso toda una revolución. Ahora Andrés y Juan Francisco creen que por culpa de aquello les quieren tirar las casas particulares para que, en cumplimiento de la ley de Costas, el Gobierno recupere el dominio público marítimo-terrestre.

Sin embargo, cuando hace sol, yo prefiero irme a Tufia en lugar de a Máspalomas. Prefiero sentarme en un muro encalado construido a modo de espigón que buscar una terraza de decoración artificial en un centro comercial masificado levantado a kilómetros de cualquier cosa que pueda parecer autóctono. Me estresan Máspalomas y Playa del Inglés. Me estresa no reconocer cuál es el bloque de apartamentos en el que estoy alojada. Me estresa ver cómo los carteles que advierten de no pisar las dunas de uno de los parajes naturales más alucinantes que he visto los ha colocado un macro-hotel cuya recepción linda con la entrada a la reserva. Tufia, en cambio, no me estresa, pero se ve que, como los chiringuitos y los espetos en Málaga, sí que estresa a las administraciones públicas. Tal vez si los políticos recalasen en el poblado y se sentasen en las rocas junto a Andrés y Juan Francisco con una caña y un ron, Tufia no corría peligro. Claro que los dos vecinos tampoco tienen intención de volver a la bebida.

Acerca de ljvaro

Tengo escritos tantos primeros párrafos que me faltan historias para publicarlos.

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